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sábado, 20 de febrero de 2016

Escenas de la segunda década


Escenas de la segunda década

Cada encuentro entre espectador y realización se perenniza en la memoria esencialmente a causa de la intensidad de la trama del mismo o debido a algún protagonista, que aspira a ser encarnado fuera de la ficción. He ahí un vasto espectro de personajes que desconoce de la edad y su complejidad dramática, qué más bien estará vinculada con el género cinematográfico en que se desempeñan.

En esa línea, sobresalen arquetipos del cine mainstream liderados por un púber Macaulay Culkin al personificar al opulento Ricky en Richie Rich (1994) o el revoltoso Kevin de Home alone (1990), que se presentan como personajes planos sin mayor conflicto y de fácil digestión visual para la audiencia. A partir de la acción y el discurso empático envuelto en una trama comercial, sus personajes rondan lo inverisímil para encasillarse en una crítica de adjetivización escueta a causa de su intencionalidad fílmica.

Destaca particularmente la estrechez entre el género terror y los protagonistas infantiles, dónde Emily Rose en la clásica The Exorcist (1973) empieza a generar una suerte de enlace permanente entre cándidos personajes que toman un giro perturbador. Un efecto que puede ser logrado en base a la inquietante inocencia de las gemelas Lisa and Louise Burns en The Shining (1979); o en las antípodas de esta experiencia, con la mismísima Emily y su pasmoso aspecto.

A partir de la adolescencia hasta los primeros años de la juventud acrecienta la complejidad de los personajes según su nivel de protagonismo. Aunque tampoco se excluyen interpretaciones planas en historias trilladas que apelan a los entretelones del debut sexual con la figura despampanante de la secundaria en una juerga atestada de drogas y alcohol.

Desde la otra vereda, el cineasta Larry Clark y sus arquetipos fetiche tales como “Telly”, “Bobby Kent” o la muchachada de Ken Park protagonizan las temáticas fílmicas de Clark sobre grupos de adolescentes que se empoderan de esa “mirada” social a través de una honesta transgresión. De esta manera, la verosimilitud de los chicos de Clark coquetea con el género documental al no quedarse en el morbo de todo lo que involucra esa “primera vez”; sino en las ramificaciones psicosociales que acarrean éstas en la mente de los jóvenes.

También se hacen presentes narraciones dónde el primer flechazo se produce con alguien del mismo sexo tal como las bisoñas Adele y Emma en “La vie d’Adele” (2013); o la pequeña “Laure” de apenas diez años, que manifiesta su vida transgénero en “Tomboy” (2011). Dos genuinas representaciones del “cinema verité,” dónde en la niñez y en la adolescencia se hace presente el conflicto de identidad y cuerpo para después pasar a la reafirmación del mismo ante la sigilosa mirada social.

Desde las postrimerías de la niñez hasta el inicio de la juventud la mirada expuesta por los directores es altamente variable a causa del dramatismo de la historia e intencionalidad comercial del producto. Dos variables que van de la mano en la categorización de un personaje como plano o redondo. Este devenir del segundo decenio en el celuloide no es más que una especie de viaje humano que va depurando una serie de emociones internas escena tras escena que sólo en su desenlace permite apreciar esa travesía en cada intérprete.





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