Escenas de la segunda década
Cada encuentro entre espectador y realización se perenniza en la memoria esencialmente a causa de la intensidad de la trama del mismo o debido a algún protagonista, que aspira a ser encarnado fuera de la ficción. He ahí un vasto espectro de personajes que desconoce de la edad y su complejidad dramática, qué más bien estará vinculada con el género cinematográfico en que se desempeñan.
En esa línea, sobresalen arquetipos del cine mainstream
liderados por un púber Macaulay Culkin al personificar al opulento Ricky en Richie Rich
(1994) o el revoltoso Kevin de Home alone (1990), que se presentan como
personajes planos sin mayor conflicto y de fácil digestión visual para la
audiencia. A partir de la acción y el discurso empático envuelto en una trama
comercial, sus personajes rondan lo inverisímil para encasillarse en una
crítica de adjetivización escueta a causa de su intencionalidad fílmica.
Destaca particularmente la estrechez entre el género terror y
los protagonistas infantiles, dónde Emily Rose en la clásica The Exorcist (1973)
empieza a generar una suerte de enlace permanente entre cándidos personajes que
toman un giro perturbador. Un efecto que puede ser logrado en base a la
inquietante inocencia de las gemelas Lisa and Louise Burns en The Shining
(1979); o en las antípodas de esta experiencia, con la mismísima Emily y su pasmoso
aspecto.
A partir de la adolescencia hasta los primeros años de la
juventud acrecienta la complejidad de los personajes según su nivel de
protagonismo. Aunque tampoco se excluyen interpretaciones planas en historias
trilladas que apelan a los entretelones del debut sexual con la figura
despampanante de la secundaria en una juerga atestada de drogas y alcohol.
Desde la otra vereda, el cineasta Larry Clark y sus arquetipos fetiche
tales como “Telly”, “Bobby Kent” o la muchachada de Ken Park protagonizan las temáticas
fílmicas de Clark sobre grupos de adolescentes que se empoderan de esa “mirada”
social a través de una honesta transgresión. De esta manera, la verosimilitud de
los chicos de Clark coquetea con el género documental al no quedarse en el
morbo de todo lo que involucra esa “primera vez”; sino en las ramificaciones
psicosociales que acarrean éstas en la mente de los jóvenes.
También se hacen presentes narraciones dónde el primer flechazo
se produce con alguien del mismo sexo tal como las bisoñas Adele y Emma en “La
vie d’Adele” (2013); o la pequeña “Laure” de apenas diez años, que manifiesta su
vida transgénero en “Tomboy” (2011). Dos genuinas representaciones del “cinema
verité,” dónde en la niñez y en la adolescencia se hace presente el conflicto
de identidad y cuerpo para después pasar a la reafirmación del mismo ante la
sigilosa mirada social.
Desde las postrimerías de la niñez hasta el inicio de la
juventud la mirada expuesta por los directores es altamente variable a causa
del dramatismo de la historia e intencionalidad comercial del producto. Dos
variables que van de la mano en la categorización de un personaje como plano o redondo.
Este devenir del segundo decenio en el celuloide no es más que una especie de viaje
humano que va depurando una serie de emociones internas escena tras escena que
sólo en su desenlace permite apreciar esa travesía en cada intérprete.

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