9 Minutos
Los primeros besos fluían por inercia cusqueña, la pista de baile era el eufemismo apropiado para que comience la historia. Sonaba Lady Gaga y era japonesa a quien estaba besando, los labios se juntaban y resumían toda la introducción previa: no sabemos quién éramos, pero solo íbamos por más. Estando a cero centímetros uno de otro es como dice Rampolla: “A mayor intensidad, mayor placer”. Con la rodilla de vuelta al suelo y ojos abiertos, nuestros dedos se entrelazaban con el deseo de aparecer en un ambiente de cuatro paredes; sin embargo, ante la insistencia de alguien más tuve que detenerme:
-¡Señor salga de acá!- exclamo uno de los de seguridad. Pero, honestamente eso aún no había matado nuestra libido, más bien el juego seguía sometiéndola a lo que mi lengua podía hacerle.
-¡Señor salga de acá!- algo mas enérgico y agarrándome de los hombros y ahora si –puta madre- cortándome la libido.
-¡Las cámaras de seguridad lo han grabado! ¡Eso no se hace!- me gritaba el guardia.
-¿De qué me hablas? ¡Estoy a punto de hacerme a la japonesa! ¿Acaso no ves?- conteste abruptamente.
-¡No te pongas faltoso huevón, todos te hemos visto! ¡Arranca nomas!- mientras se acercaba otro guardia
Eran las 11 y 03 y apenas había permanecido no más de siete minutos en esa discoteca, así que un próximo lugar me tenía que albergar. Subiendo las escaleras del siguiente local una chica de acento extranjero me sorprende con un beso
-Tú tienes que ser Alex- entre sonriendo y coqueteándome.
Cuando le respondo afirmativamente un sujeto me jala del brazo y me mete al baño
-¿Es esta la cocaína que tú vendes?- ¡Es buenísima! Ven acá, Toma, toma. Sin espacio a reacción alguna, observaba como trabajaba tal materia para acercarse a mí: Ahora, sí. ¡Toma!, ¡Toma!
-¡Mierda! ¿Es esto lo que yo vendo? Ja ja ja
Narices felices y sin frio salimos del baño para recibir más elogios y ciertas miradas de desconocidos: “you are the man”, acompañado de un golpecito en el pecho me dijo el tipo. Me alejaba sigilosamente de la escena para evitar lo de instantes atrás y uno de mis amigos quedaba con la pareja para un poco más de eso y también algo más de dinero para nosotros. Parecía que le agradábamos y teníamos toda la travesía cusqueña pagada, escuchaba a lo lejos que ambos se despedían por última vez –típica del necio- alrededor de unas diez veces, pero después de aparentemente concluir la charla venia una más.
Es así que mi noche prácticamente la había cerrado en menos de diez minutos. Quería abandonar este último local para nada más que descansar y sacarme el sabor agridulce de la asiática. En plena marcha, la aparición inesperada de la japonesa me sorprende con una sonrisa en el rostro:
. ¡Hola! ¿Te acuerdas de mí? Mmm, ¿es cierto que vendes…
- La interrumpí para bien y le di el último beso de la noche. No había cuerpo, ni ganas para más. Nueve minutos eran suficientes por hoy.
