(exhalo)
Entrar a la habitación
y comenzar la danza
nuestra danza.
Danzamos al misticismo
Ser nosotros es misticismo
La habitación y nosotros es misticismo.
Los primeros pasos traen a la luna
Nuestras miradas la llaman y
La habitación cobija a la luna
Los cuerpos se van buscando y
Nuestra danza llama al sol
La habitación cobija a la luna y el sol
El bochorno aumenta en la habitación y
nuestros cuerpos estallan tras la danza
La luna y el sol contemplan
Los cuerpos se sosiegan
Nuestros corazones dialogan
El sol y la luna parten de la habitación
la danza toma una pausa.
(inhalo)
lunes, 8 de abril de 2013
sábado, 6 de abril de 2013
Travesía en el pueblo
Eran cerca de las siete de la noche y el sol se resistía a despedirse de Lovaina. Ténue, indeciso, timorato: un día 'soleado' en Bélgica. Igual, era mucho para este territorio. Osé de portar una bermuda y una chaqueta ligera para enfrentar el clima. Dejé de lado los molestos guantes y bufanda y por primera vez tenía más piel descubierta que vestimenta. Claro, con casi más dos meses en Europa, sólo había percibido rayos solares -decentes- un par -exagerando- de veces.
La visita del astro, también, fue un cambio de ánimo. Me sentí bohemio, o algo parecido, o quería creerlo. Pero, algo de eso experimentaba, seguro, cuando empecé mi caminata. Tomé mi llave y la llevé a mi ritmo mientras rayaba cada uno de los lujosos automóviles estacionados en una calle desierta. Casi por inercia, cuando llegué al último coche de la fila giré el torso y disfruté perversamente mi graciosa estupidez.
Aún con la malicia en mi rostro, me provocó subirme al autobús que acababa de deterse frente a mi. Me senté muy próximo al conductor, y como nunca, no me fijé en los rostros alrededor. Más bien, recordé que conocía muy pocos lugares en el pueblo y que, a su vez, resultaba igual conocerlos o no; y entonces estar acá era otra graciosa estupidez. Tampoco consideré la posibilidad de perderme o qué me suceda algo fortuito. Estaba sentado el bus con nada en mente y quizá pronto pensaría en algo.
El viaje iba divino. Conductor correcto, cero tráfico y rayitos de sol. Me sentía en un taxi. Tanto así que el mismo conductor me pidió amablemente que descienda del transporte cuando llegamos al paradero final. You have to wait 10 minutes, me dijo, aún amablemente conmigo.
La atmósfera era diferente. No era Lovaina, ni algo parecido donde habito. Era un rincón burgués de Bélgica cerca -y a la vez lejana- de mi casa. Las casas alardeaban de sus jardínes inmensos y sus colecciones de coches. Noté alguna señal de peligro debido al tránsito de personas a caballo y el insuficiente pavimento para caminar. Entonces, supuse que estaba en una zona de casas de campo de gente adinerada a la cual llega el autobús. Pensé también que esta línea del bus transportaba a todos los que trabajan en este lugar de ricos.
Dejé de elucubrar cuando perdí el privilegio de morir arrollado por un Jaguar. Cerré los ojos y los volví abrir. Inhale un poco de aire y quedé estático al costado de un Lamborghini. El mismo conductor me sacó de ese estado cuando noté que iniciaba la marcha de vuelta a la ciudad. Exhalé el aire y fui en su búsqueda.
La ida comenzó conmigo y una señora de unos 50 años. Me senté al fondo esperando tener un panorama pormenorizado de los pasajeros. El conductor inició la marcha y me sentía nuevamente como en un taxi. Pasaron quince minutos y seguíamos la misma señora y yo abordo. El sol persistía a pesar de la hora y eso me empezaba a despreocupar de mi anterior objetivo. La pronta parada del colectivo interrumpió mi estado. Se abrieron las puertas traseras e ingresaron dos mujeres asiáticas de vestimenta fosforescente. Me preguntaba de dónde eran. Me perturbaba no saber de dónde eran ni porqué portaban esos atavíos. Decidí de que podían ser de Tailandia y que quizá era una indumentaria oriunda de allí.
Mi mirada seguía en ambas mujeres. Una de ellas sacó un celular y le enseñaba a la otra un video que a ambas les causaba gracia. Ahora me causaba intriga el contenido de esas imágenes y también descifrar quiénes eran y por qué vestían esas telas. El paisaje de la ciudad mutaba y entendía que estaba cerca de dónde vivía. Eso me detenía de toda esta maraña de pensamientos. La desaparición del sol aceleró el proceso y me hizo dar cuenta que estaba en Lovaina. En la ciudad fría, con veredas, con autos de todo tipo y sobre todo con muchas bicicletas.
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