Como secuela de las propuestas fílmicas
parranderas de Hollywood, se ha erigido una especie de arquetipo narrativo al
respecto. Este es conformada fundamentalmente por al menos uno de estos cuatro
ejes: el sujeto perdedor que aún no se inicia sexualmente; la fémina popular
deseada por todos; la travesía por poder conseguir alcohol sin tener la
edad legal para hacerlo; y la disponibilidad del escenario de fiesta.
Dos personajes perdedores que encarnan
la figura del nerd hasta pasar a ser reverenciados como figuras heroicas son
Jim en American Pie (1999) y Lewis en La venganza de los nerds (1984), quienes
logran imponerse a los anti-héroes de cada uno de sus relatos.
En esa línea, ambos conquistan a
despampanantes jóvenes como Nadia, la estudiante de intercambio de Eslovenia
del colegio de Jim; y de otro lado Betty Childs, porrista de una de
las fraternidades más significativas de la universidad de Lewis.
Superbad (2007) narra los líos de tres
mentecatos compuesto por Seth, Evan y Fogell que consideran embriagar a tres de
las chicas más guapas de su secundaria para acostarse con ellas. De esta
manera, los espacios vitales del filme trascurren con acciones in
crescendo respectivamente en tres locaciones: colegio de los
adolescentes, licorería y la casa de juerga. Es en este el último lugar donde
la obra alcanza uno de los últimos picos de dramatismo, que se acompaña de
planos intercambiables entre cada una de las escenas que lideren los jóvenes
virginales en plena faena en curso con las muchachas.
Un nuevo grupo de chicos, aunque con
motivaciones aún más bizarras, se apoyan en la argucia de la casa a solas para
atraer esencialmente chicas a su fiesta. Una trama que es exquisitamente
realizada en Project X (2012), que ocupa lugar de lo que fue Animal house
(1978) en versión actualizada.
Project X se desarrolla en base a la
libre movilización de un grupo de adolescentes en un espacio sin vigilancia
parental, he ahí del bombardeo icónico al espectador a causa del sonido
diagético de la masiva juerga y el uso técnico del registro con cámara –e
incluso smartphone- en mano. Consecuentemente, el producto fílmico muta en
una especie de videoclip en formato largo con alta carga expresiva.
Igualmente, en esta obra se evidencia
cómo las farras de este nuevo siglo tienen dos tipos de asistentes: los que concurren
para enamorar por una noche, y aquellos que optan por doparse. Es así que los
planos del instante clímax de desenfreno se alternan insistentemente en el
celuloide entre besos, el sudor de los cuerpos y las drogas de diseño al compás
de las rotaciones y traslaciones de la cámara. Una lírica audiovisual de lo más
profano que coloca de manera honesta ambas acciones al mismo nivel de goce
fiestero.
Queda expresar que a pesar de estos
puntos narrativos en común, el espacio en que se produce el discurso
fílmico no es plenamente homogéneo. Si surgen escollos para conseguir un lugar
de fiesta, se apuesta por locaciones exteriores casi de modo automático.
En "Kids" (1995) el club
'Nasa' es el punto de concentración neoyorquino de música electrónica de
decenas de púberes en búsqueda de sexo casual y drogas sintéticas.
Si la situación se torna aún más
engorrosa, invadir un descampado para iniciar una farra es también una opción.
Así sucede en 'Dazed and confused' (1993) cuando unos padres de familia se
enteran de los planes festivos del grupo de amigos de su progenitor.
Sexo, drogas y alcohol, piezas
inseparables en el actual formato de diversión; similarmente en el territorio
ficcional que además forman parte del repertorio de la ‘cultura mainstream’ estadounidense
en términos del sociólogo Frédéric Martel. En efecto, Hollywood con las
propuestas fílmicas de este tipo no sólo emite sus imágenes sino a su vez
expanden una estilo de jarana que se prolonga en los individuos fuera de sus
fronteras: ser el ‘Telly’ de Kids en una juerga a la Project X en busca de introducirse
impúdicamente en una ‘Nadia’ a lo American pie.


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