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lunes, 16 de febrero de 2015

Manual de fiesta gringa


Como secuela de las propuestas fílmicas parranderas de Hollywood, se ha erigido una especie de arquetipo narrativo al respecto. Este es conformada fundamentalmente por al menos uno de estos cuatro ejes: el sujeto perdedor que aún no se inicia sexualmente; la fémina popular deseada por todos; la travesía por poder conseguir alcohol sin tener la edad legal para hacerlo; y la disponibilidad del escenario de fiesta.

Dos personajes perdedores que encarnan la figura del nerd hasta pasar a ser reverenciados como figuras heroicas son Jim en American Pie (1999) y Lewis en La venganza de los nerds (1984), quienes logran  imponerse a los anti-héroes de cada uno de sus relatos. 
En esa línea, ambos conquistan a despampanantes jóvenes como Nadia, la estudiante de intercambio de Eslovenia del colegio de Jim; y  de otro lado Betty Childs,  porrista de una de las fraternidades más significativas de la universidad de Lewis. 

Superbad (2007) narra los líos de tres mentecatos compuesto por Seth, Evan y Fogell que consideran embriagar a tres de las chicas más guapas de su secundaria para acostarse con ellas. De esta manera, los espacios vitales del filme trascurren con acciones in crescendo respectivamente en tres locaciones: colegio de los adolescentes, licorería y la casa de juerga. Es en este el último lugar donde la obra alcanza uno de los últimos picos de dramatismo, que se acompaña de planos intercambiables entre cada una de las escenas que lideren los jóvenes virginales en plena faena en curso con las muchachas.   

Un nuevo grupo de chicos, aunque con motivaciones aún más bizarras, se apoyan en la argucia de la casa a solas para atraer esencialmente chicas a su fiesta. Una trama que es exquisitamente realizada en Project X (2012), que ocupa lugar de lo que fue Animal house (1978) en versión actualizada.
Project X se desarrolla en base a la libre movilización de un grupo de adolescentes en un espacio sin vigilancia parental, he ahí del bombardeo icónico al espectador a causa del sonido diagético de la masiva juerga y el uso técnico del registro con cámara –e incluso smartphone- en mano. Consecuentemente, el producto fílmico muta en una especie de videoclip en formato largo con alta carga expresiva. 

Igualmente, en esta obra se evidencia cómo las farras de este nuevo siglo tienen dos tipos de asistentes: los que concurren para enamorar por una noche, y aquellos que optan por doparse. Es así que los planos del instante clímax de desenfreno se alternan insistentemente en el celuloide entre besos, el sudor de los cuerpos y las drogas de diseño al compás de las rotaciones y traslaciones de la cámara. Una lírica audiovisual de lo más profano que coloca de manera honesta ambas acciones al mismo nivel de goce fiestero.

Queda expresar que a pesar de estos puntos narrativos en común,  el espacio en que se produce el discurso fílmico no es plenamente homogéneo. Si surgen escollos para conseguir un lugar de fiesta, se apuesta por locaciones exteriores casi de modo automático.
En "Kids" (1995) el club 'Nasa' es el punto de concentración neoyorquino de música electrónica de decenas de púberes en búsqueda de sexo casual y drogas sintéticas.
Si la situación se torna aún más engorrosa, invadir un descampado para iniciar una farra es también una opción. Así sucede en 'Dazed and confused' (1993) cuando unos padres de familia se enteran de los planes festivos del grupo de amigos de su progenitor.

Sexo, drogas y alcohol, piezas inseparables en el actual formato de diversión; similarmente en el territorio ficcional que además forman parte del repertorio de la ‘cultura mainstream’ estadounidense en términos del sociólogo Frédéric Martel. En efecto, Hollywood con las propuestas fílmicas de este tipo no sólo emite sus imágenes sino a su vez expanden una estilo de jarana que se prolonga en los individuos fuera de sus fronteras: ser el ‘Telly’ de Kids en una juerga a la Project X en busca de introducirse impúdicamente en una  ‘Nadia’ a lo American pie.

   





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