Sin
distinción del índole fílmico son diversos los modos como es abordada la
exhibición de los genitales femeninos. Asimismo, el tratamiento visual que
recae en este punto es desigual al que se tiene con otras piezas eróticas de la
mujer.
Quizá sea
la escena de Sharon Stone y su desfachatado abrir de piernas en Bajos Instintos
(1992) sea la asociación más próxima entre el séptimo arte y las vaginas. De
igual manera, surgen otros momentos en los cuales permanece perenne la mirada
de los directores cuando se trata de representar el universo vaginal.
Es evidente
que existe una propuesta común en la mirada ejercida en relación a la vulva; a
diferencia de los senos y las nalgas. Con las vaginas se prefiere una
austeridad audiovisual. Una moderación que probablemente tenga relación con las
expectativas de la audiencia masculina como el tipo de público que va a
consumir el desnudo femenino. He aquí una parábola del cine como reflejo de la
sociedad: se ha construido un morbo desmedido por la voluptuosidad de los
pechos y los traseros. No con las vaginas.
A su vez,
resulta divergente el tipo de mirada que pueda brindar un realizador masculino
a comparación del punto de vista de una realizadora femenina. Digamos que una
directora impondrá un enfoque más desinteresado cuando tenga que aprehender una
vagina. De otro lado, un director afrontará una vagina con una mirada
masculina. Esto significa, que no solamente prevalecerá la subjetividad del
realizador, sino también una segunda mirada fálica como consecuencia de la
cualidad de ser hombre.
Otro tipo
de detalle es cómo la representación de las vaginas en el cine respetan los paradigmas
estéticos según la época. En Soñadores (2003), Isabelle (Eva Green) es una de
las jóvenes de un trío amical, que prontamente se torna promiscuo, en pleno
esplendor de mayo del ’68 en París. Precisamente, en cada acto amatorio en que
Isabelle hace parte sobresale la exuberancia de su vello púbico sin que eso
logre llamar la atención de sus compañeros sexuales.
Contrariamente,
en Cashback (2006) las representaciones femeninas mutan estéticamente y la
frondosidad vaginal desaparece para erigirse como norma una vagina
imberbe. Así, cada recuerdo narrado por
el joven Ben (Sean Biggerstaff) incluyen mujeres con la pubis depilada. Menuda alegoría
que trasgrede la ficción, debido a que es esta la estética que se exhorta a las
féminas con los productos de acicalamiento en el mundo occidental en la
actualidad.
Empero,
esta idealización estética varía en la cultura oriental como sucede en la
taiwanesa El sabor de la sandía (2005), al margen del carácter reciente del mismo.
Detalle, el cual, no es más que una prolongación verosímil del cine como
intento por respetar y evidenciar realidades culturales aún cuando se trate de
los genitales.
Sucede
también que se restringe tal manifestación visual por apuestas igual de lúbricas,
pero que incluyen estrategias más sagaces de dominación al espectador: la
seducción. Corazón Salvaje (1990) expone a Lula (Laura Dern) en pleno orgasmo
al ser estimulada sexualmente por Bobby Perú (Willem Dafoe). Similarmente,
Vagina Dentada (2007) narra la anormalidad genital de Dawn (Jess Weixler) quién
posee una vagina con la habilidad de castrar cualquier elemento intruso dentro
de ella.
No mostrar
sensualidad no debe ser tomada como meros caprichos de los realizadores sino
como apuestas icónicas con fines pavlovianos con el espectador; y que, reposa
en la dialéctica sobre la seducción de Baudrillard. Este dispositivo destruye
la realidad y la sustituye por la ilusión: espectador conquistado. Mostrar es discordante
con la seducción. El espectador permanece en su realidad e inmediatamente
buscará un nuevo mecanismo para esquivarla.

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