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jueves, 12 de diciembre de 2013

Cuestión de aberturas


Sin distinción del índole fílmico son diversos los modos como es abordada la exhibición de los genitales femeninos. Asimismo, el tratamiento visual que recae en este punto es desigual al que se tiene con otras piezas eróticas de la mujer. 

Quizá sea la escena de Sharon Stone y su desfachatado abrir de piernas en Bajos Instintos (1992) sea la asociación más próxima entre el séptimo arte y las vaginas. De igual manera, surgen otros momentos en los cuales permanece perenne la mirada de los directores cuando se trata de representar el universo vaginal. 

Es evidente que existe una propuesta común en la mirada ejercida en relación a la vulva; a diferencia de los senos y las nalgas. Con las vaginas se prefiere una austeridad audiovisual. Una moderación que probablemente tenga relación con las expectativas de la audiencia masculina como el tipo de público que va a consumir el desnudo femenino. He aquí una parábola del cine como reflejo de la sociedad: se ha construido un morbo desmedido por la voluptuosidad de los pechos y los traseros. No con las vaginas. 

A su vez, resulta divergente el tipo de mirada que pueda brindar un realizador masculino a comparación del punto de vista de una realizadora femenina. Digamos que una directora impondrá un enfoque más desinteresado cuando tenga que aprehender una vagina. De otro lado, un director afrontará una vagina con una mirada masculina. Esto significa, que no solamente prevalecerá la subjetividad del realizador, sino también una segunda mirada fálica como consecuencia de la cualidad de ser hombre.

Otro tipo de detalle es cómo la representación de las vaginas en el cine respetan los paradigmas estéticos según la época. En Soñadores (2003), Isabelle (Eva Green) es una de las jóvenes de un trío amical, que prontamente se torna promiscuo, en pleno esplendor de mayo del ’68 en París. Precisamente, en cada acto amatorio en que Isabelle hace parte sobresale la exuberancia de su vello púbico sin que eso logre llamar la atención de sus compañeros sexuales.

Contrariamente, en Cashback (2006) las representaciones femeninas mutan estéticamente y la frondosidad vaginal desaparece para erigirse como norma una vagina imberbe.  Así, cada recuerdo narrado por el joven Ben (Sean Biggerstaff) incluyen mujeres con la pubis depilada. Menuda alegoría que trasgrede la ficción, debido a que es esta la estética que se exhorta a las féminas con los productos de acicalamiento en el mundo occidental en la actualidad.  

Empero, esta idealización estética varía en la cultura oriental como sucede en la taiwanesa El sabor de la sandía (2005), al margen del carácter reciente del mismo. Detalle, el cual, no es más que una prolongación verosímil del cine como intento por respetar y evidenciar realidades culturales aún cuando se trate de los genitales.

Sucede también que se restringe tal manifestación visual por apuestas igual de lúbricas, pero que incluyen estrategias más sagaces de dominación al espectador: la seducción. Corazón Salvaje (1990) expone a Lula (Laura Dern) en pleno orgasmo al ser estimulada sexualmente por Bobby Perú (Willem Dafoe). Similarmente, Vagina Dentada (2007) narra la anormalidad genital de Dawn (Jess Weixler) quién posee una vagina con la habilidad de castrar cualquier elemento intruso dentro de ella.

No mostrar sensualidad no debe ser tomada como meros caprichos de los realizadores sino como apuestas icónicas con fines pavlovianos con el espectador; y que, reposa en la dialéctica sobre la seducción de Baudrillard. Este dispositivo destruye la realidad y la sustituye por la ilusión: espectador conquistado. Mostrar es discordante con la seducción. El espectador permanece en su realidad e inmediatamente buscará un nuevo mecanismo para esquivarla.


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